Nueva expedición del Club de
Atletismo las Lagunas. Esta vez a la “madre” de todas las carreras, al maratón,
al de Madrid.
Es uno de los objetivos más
importantes para algunos de nosotros, bien porque será el único maratón que corramos
en el año, bien porque debutamos en la distancia, o bien porque será una prueba
de fuego para conseguir la mejor marca personal que poseemos hasta el momento.
Me encuentro en el último caso.
Si, lo sé, Madrid no es precisamente el mejor sitio, es más, quizá sea uno de
los peores para batir marca, pero es lo que hay, está cerca, vamos un gran
grupo y allí tenemos a Jesús y Sonia, que nos llevarán de la mano a todas
partes y no tendremos que preocuparnos por absolutamente nada. Como ya bien
saben ellos, os estamos profundamente agradecidos. Del mismo modo quiero
agradecer, antes de que me ponga a relatar la carrera, al grupo de animadores y
animadoras que, pacientemente, nos esperaban y gritaban a nuestro paso por las
repletas calles de la capital.
Esta edición me ha llevado al
límite. La dureza del final, combinada a la acumulación de kilómetros en las
piernas, hace que entienda perfectamente las razones por las que mi hermano no
pudo acabar. Fue una decisión acertada, no debes lamentarte, diste prioridad a
la salud. Y punto. Piensa en correr Sevilla …
Al lío.
Salida caótica. No sé cómo no
perdí a Fillo ya desde antes de empezar. El prioritario cajón número 1, al que
facilitaba acceso nuestro dorsal, estaba abarrotado. Entramos a la fuerza, por
los empujones de la masa. Otros saltaban la valla, algunos se colaban por
debajo, un caos.
Ni nos enteramos del pistoletazo
de salida.
El garmin se me puso en modo
ahorro y pasaron unos 15 segundos desde que rebasamos la línea de salida hasta
que pude ponerlo en marcha. Mal empiezo, ya no voy a llevar el escrupuloso
control del tiempo y la distancia que quisiera; pero no quiero ver lo negativo,
solo concentrarme en lo que me ha llevado hasta allí.
Como en la mayoría de las
carreras multitudinarias, me veo obligado a adelantar a cientos de corredores
que se han colocado inapropiadamente por delante. No es buena idea salir desde
muy delante si vas a ir despacio, eso te puede ocasionar algún que otro
empujón, en el mejor de los casos. Así, el primer mil sale lento. Pero no hay
problema, nos quedan otros 41 para desquitarnos; y es ahora cuando mi compañero
se empeña en empezar, desde el segundo, 4’05”.
Los primeros kilómetros de la
prueba son cuesta arriba, pero he llegado bien descansado, estoy en mejor forma
que nunca y, sinceramente, a pesar de ir tan rápido (más de lo que había
previsto), me encuentro muy cómodo. Y tanto, el segundo cae en 4’07”. Le
advierto a Fillo que esto podemos pagarlo luego, que no debemos acelerarnos
tanto, pero me ignora, 4’12”. Al segundo aviso me dice que llevamos muy cerca
el globo de las tres horas, que le demos caza y que luego nos relajamos. Es
buena idea, pero creo que deberíamos tirar cuando el perfil de la carrera sea
favorable, no ahora; pero claro, sigo muy entero, no me cuesta en absoluto
mantener esa marcha y sigo pegado a él todo el tiempo. Tan solo una pequeña
molestia en el talón de Aquiles de la pierna izquierda hace que desvíe mi
concentración y me ponga sobre aviso.
4’09” para el siguiente, pasamos
el 5000 en 21:12 (21:58 oficiales), buen tiempo, a pesar del retraso de la
salida. Ya casi estamos con los globos, un último acelerón y son nuestros,
3’59” … ya los tenemos. Ahora a disfrutar de Madrid.
Ja! Empieza la bajada, y con ella
el mil más rápido de la carrera, 3’53”. Algunos corredores increpan a las
liebres, tratamos de poner paz, “dejadles, saben bien lo que hacen”. Su misión
es llegar por debajo de las 3 horas del tiempo oficial y llevan algo de retraso
para el paso por el diezmil, que alcanzamos en 41:22 (42:08 oficiales). El
Aquiles no deja de dar la lata, puedo correr, pero no tan a gusto como
quisiera.
El grupo que formamos es
relativamente grande. A pesar de ir muy en cabeza de la prueba formamos un buen
pelotón y vamos adelantando gente continuamente. Esto hace que en los
avituallamientos no sea tarea fácil coger agua. Menos mal que coordinamos
perfectamente y si uno de los dos no puede, el otro si, solo de esa manera,
conseguimos hidratarnos sin perder ritmo.

En una parte de bajada Fillo
tiene que parar a orinar. Es una decisión acertada, ya que le resultará fácil
alcanzarnos de nuevo y todavía no estamos en absoluto cansados. Yo me lo
pienso, pero como no tengo ganas, prefiero continuar a perder unos valiosos
segundos forzando hasta conseguir “echar un chorrete”. Pasamos el km 15 en
1:02:16 (1:03:02) y yo no dejo de pensar en que llevamos un “colchón” de tiempo
muy generoso y que si no pasa nada raro, nos vamos a salir en este maratón.
Ahora llegan dos kilómetros de subida y las liebres nos llevan a 4’19” ambos. Voy
de lujo, ni gota de cansancio. Pero las primeras dudas hacen acto de presencia.
Si no se me pasa el dolor de la pierna izquierda esto puede acabar mal, muy
mal. Decido tomar un ibuprofeno antes de llevar hora y media corriendo, espero
que haga efecto.
En el kilómetro 18 nos
encontramos con Floren y Casero, dos espadas de lujo que hoy acompañarán a los
debutantes, Manuel, Juanan, Coco y Raúl. También van con ellos Uti y mi
hermano, Antonio.
Pasamos por Sol. ¡Que
espectáculo! Está abarrotado, un griterío ensordecedor, el público madrileño te
hace volar (¡y tanto, en un vistazo rápido al garmin veo que el ritmo es de
3’50”!)
Llegamos a la media maratón,
1:27:40 (1:28:26). Si hace dos años me dicen que voy a pasar una media en ese
tiempo “tocándome las narices” me hubiese descojonado a reír, pero hoy en día
es lo que hay y no me disgusta en absoluto.
En casa estuve estudiando el
perfil de la carrera. Me centré en un par de detalles: la salida de la Casa de
Campo y los 7 kilómetros que van del 33 al 40. Son subidas, lo que menos desea
encontrar un corredor cansado. Pero yo no soy ese corredor. Al contrario,
perfectamente arropado por un buen grupo, acompañado por Fillo, sé que no habrá
cuesta que se me resista… siempre y cuando las liebres sean bondadosas y aflojen
un poco, todo hay que decirlo.
El primer punto cae sin
complicaciones, hemos subido de lujo, pero las piernas ya empiezan a dar signos
de fatiga. Estaba claro, esto tenía que pasar. Ahora la mente tiene que jugar
su baza. Una vez pasado el kilómetro 30 (2:05:15 – 2:06:01), hay que descontar
en lugar de ir sumando, es decir, no voy a por el 31, si no que me quedan 12.
Es un pequeño truco que, de veras, funciona. El Aquiles me está tocando las
narices. Vamos en un tiempo genial, pero casi casi cojeando, una de cal y otra
de arena.
Aprovechando un tramo favorable
tomo un comprimido de electrolitos. También un gel con el que me hice en la
Casa de Campo. Este año no he tomado ninguno y espero que no me haga daño, pero
creo que me hará más bien que mal.
Ahora los kilómetros se me hacen
más largos, ya no me lo estoy pasando tan bien como al principio, cuando me
empapaba de los fabulosos edificios que adornan la capital de España, del
agradable olor a primavera en la Casa de Campo, cuando podía sonreír al público
que nos daba ánimos con todas sus fuerzas, ahora mi cara empieza a ser de “circunstancias”
y me centro en procurar que no se note cuando nos vean nuestras pomponeras.
Kilómetro 33, empieza lo peor.
Estoy bien mentalizado, sé a lo que voy a enfrentarme, sólo espero que las
fuerzas no me fallen; y así aguanto bien hasta el kilómetro 35 (2:26:45 – 2:27:31).
Las liebres se frenan en seco. Dicen que de aquí al final, yendo a 4’30” salen
las tres horas justas. Pero ni Fillo ni yo bajamos el pistón. Él se adelanta
unos metros y ya no seré capaz de alcanzarlo. Hasta el 36 voy muy cerca, pero
justo delante de mí hay un tío enorme, con un mazo de tamaño importante. Antes
de poder darme cuenta recibo un tremendo golpe en toda mi alma que me deja
absolutamente K.O. La idea del abandono me parece la mejor, o más bien, la
única opción. ¿Cómo ha podido suceder? No es posible. No dejo de intentar
averiguar cómo puede ser que en tan solo un instante haya pasado de la gloria a
la derrota.
Desde este momento, todo se
ralentiza. Nunca llegan los carteles de los kilómetros, el cronómetro no
avanza, la respiración, hasta ahora controlada, pasa a ser jadeo, sofoco; ya no
vuelo a 4 minutos, me arrastro.
Pero yo no he llegado aquí para
rendirme después de recibir el primer golpe. Se lo debo a mis compañeros, se lo
debo a nuestras pomponeras, se lo debo a mi familia, a las horas que les he
restado por ir a entrenar, me lo debo a mi mismo. Decido continuar, cueste lo
que cueste.
Con el ánimo renovado llego al km
38. Segundo golpe. Ahora, además de ir sin fuerzas, empiezan a darme calambres.
Primero son los dedos de los pies, se me suben unos encima de otros. Para
intentar recolocarlos, corro de puntillas, consiguiendo que vuelvan a su sitio
y que sean ahora los gemelos los que se acalambren. Tengo que ponerme a talonar
para que se me pase, y lo consigo rápidamente, pero el resultado es que los
calambres ahora se me van a los cuádriceps y a los isquios … ¡joder, parece que
voy bailando el “chu-chu-ua”!
Lo bueno de todo esto es que ya
no me acuerdo del Aquiles, ya ves, la mancha de la mora, con otra verde se
quita.
Sobre el kilómetro 39 me vuelven
a dar caza las liebres de las 3 horas. En un esfuerzo Hercúleo me pego a ellos.
No voy a dejar que se me escapen, aunque, a decir verdad, no tengo ni idea de
como hacerlo.
Kilómetro 40, se acaba la subida,
aunque en realidad, todavía quedan unos 200 eternos metros. Justo al coronar la
parte más alta, las liebres nos dicen que si nos queda un cambio es momento de
hacerlo … solo vamos dos cadáveres con ellos, y el otro se descojona al oírlos …
y yo, jajaja, casi me pongo a llorar.
Entro al Retiro, me pego al lado
izquierdo, que es donde nos esperan Ali y compañía, hay mucha gente, todos
gritan, temo que no voy a verlas, pero poco antes de los arcos finales las
localizo, trato de sonreír y choco sus manos.
El reloj oficial marca 2:59 y
pico, me queda un buen tramo y no sé si seré capaz de cruzar antes de ver el “3”.
Último sprint, más calambres, mi cara es un poema, no sé si voy corriendo o
haciendo un bailecito tipo Michael Jackson, 56, 57, 58, 59 … paso por meta, lo
conseguí, soy maratoniano de menos de tres horas.
Fillo me espera bajo el reloj,
nos fundimos en un abrazo, que buenos somos, leche!!
El resto de la jornada transcurre
tal y como habíamos planeado, comida y pitorreo, únicamente empañado por el
sabor agrio del abandono de mi hermano. Los demás laguneros han finalizado
exitosamente el maratón y podrán lucir con orgullo sus medallas.
He de hacer una mención especial a Sara, la hija de nuestro Peter, que corrió el diezmil previo al maratón en unos estupendos 47 minutos. Enhorabuena campeona.